martes, 29 de mayo de 2012

Momentos

Campo de Amapolas - Olot, Catalunya

Momentos

Una mota de cristal se coló entre nosotros,
se llevó el momento que querías soñar.
Ha flotado cerca nuestro por horas,
y en nuestro beso se ha marchado con él.

He decidido guardar los momentos
trasladarlos a tinta verde y papel,
admirando mi bahía querida desde el sillón,
cazando estrellas desde el balcón.

He terminado una canción sin melodía
al son del sol que adorna en halo la castilla.
El Monte de los Judíos se enmarca en oro.
Me animo y te tomo la mano. Te atesoro.

He capturado tus ojos grises al irse el avión
y en vez de lágrimas en botellitas
me he volcado en esta misión.
De dejar una cicatriz en tus cuadernos.

He escrito kilómetros de historias:
algunas reales, muchos deseos. Todos amores.
He guardado los tesoros de la memoria
entre Cervantes, García-Márquez y Conan Doyle.

Pero tu, hada traviesa, cubierta en cristal.
Te cuelas entre nosotros y te dejas llevar.
Cojes los diamantes que no he sabido transformar.
¿Que harás con ellos? Pues tan solo usarlos.
Y brillar

martes, 1 de mayo de 2012

Futuro


Futuro

Entrega tus dedos tus dedos a la ruta
entre el caucho fundido que enfanga.
Calza los espejismos de Febrero
que aparecen a mediodía en lo lejano.
Quizás te atormenten las moscas
dibujando una silueta a tus espaldas.
Besarán tu cuello y seductoras
querrán abrazar tu pecho sin que veas.
Su deseo es arrastrarte tras la mierda
que inunda un pasado fútil.
Sigue las sendas que has trazado,
alza tu mano derecha enfundada
de luciérnagas ultravioletas encarceladas.
Mostrarán la sangre que derramada
señala un giro inesperado.
Es tu amado que espera anémico
atravesado en sus manos por una flor.
Es un girasol salvaje que ha crecido
entre las llagas de arrastres moribundos.
Soy yo quien te ha vigilado en la colina
esperando paciente tu beso demoniáco

viernes, 2 de marzo de 2012

Estúpidas canciones de amor

Despechado y enamorado caminé por una arboleda hasta que no quedó mas que filamentos entre las suelas. Entré en un café, esperando ahogar aquella solitaria lágrima entre la crema del capuccino, pero solo logró secarla antes que saliera. Entonces comenzó a sonar, una melodía rítmica de Edith Piaff, que sacó suspiros en la pareja sentada a tres mesas. Para mi, solo fue un recordatorio de los años perdidos en una relación obsesiva, que terminó definitivamente cuando él se enamoró de una muchacha con acento extranjero. El singular tono francés no hizo mas que echarle sal a la herida, y de un sorbo tragué el brebaje esperando que fuese veneno. Salí raudo, lanzando con eficaz precisión las monedas a las manos del mesero. Me guiñó, y asustado corrí, casi chocando con una muchacha que tarareaba una sonata de Bieber. Me miró con ojos desorbitados, y ya veía que empezaba a convertirme en un "Believer" tal como un evangélico clama sus creencias a viva voz entre la muchedumbre. Miré desorientado a ambos lados de la vereda, avancé un paso a la izquierda, cambié de opinión algo lunático y corrí hacia la derecha. Me alejé raudo, intentando escapar de su sombra sensual que se contornea tras los faroles que se encienden. Cierro los ojos, ubico los audífonos en posición y al ritmo de Shakira (las nuevas, bailables y latinas) cambio el semblante. No hay nada como la música sabrosa para olvidar. Pero no contaba con la magia del random que se encarga siempre de hacerte escuchar aquello que menos quieres. Someone Like You de Adele fue como un disparo al ánimo, y esa lágrima salió por fin empañando ligeramente mis anteojos de marco suave. Lo próximo que supo el taxista fue que un MP3 rebotaba contra el parabrisas, mientras un maniático corría por enfrente de él con la cara desencajada. Pero por mas que lo intenté en el camino a casa diversos artistas (ahora fuera de todas mis listas de reproducción) se encargaban de recordarme los momentos olvidados de una relación feliz y perdida. En el ascensor del departamento creí estar a salvo. Y lo estuve, hasta que entré a mi pseudohogar y una monótona tonada resonaba sutil entre las murallas. Me acerqué a mi cuarto lívido, y pude escuchar los golpeteos suaves e inconfundibles de una cama contra la muralla, mientras una musica vintage y sin importancia oscurecía mis esperanzas. Hasta el día de hoy mis ex compañeros de cuarto no pueden creer que me haya lanzado de un cuarto piso por la ventana y haya sobrevivido. El dinero del alquiler, por supuesto, no me lo devolvieron. Asique basicamente mi ex me debe 150 mil pesos y un corazón roto.

domingo, 5 de febrero de 2012

Paseo por la playa

Hace frío y no quiero salir, pero el peso del pendiente que llevo en el cuello me hace recordar que quedé en juntarme con alguien. Acariciando suavemente el símbolo rúnico mientras bajo el ascensor, y mientras subo al tren subterráneo. Echo una mirada fugaz al mapa al lado de una puerta, y decido bajarme en la siguiente estación para tomar el Tram, ese pintoresco tren eléctrico que recorre algunas calles de Barcelona al nivel de la calle. Ahí veo como una suave lluvia de febrero comienza a mojar los cristales, y empiezo a dudar si realmente será necesario hacer lo que pensaba hacer. Miré al frente y allí estabas, con tus anteojos de montura azul, una chaqueta hasta el cuello y una sonrisa amable.
-Tanto tiempo sin vernos- me dijiste.
-Tanto tiempo... ¿Cómo estás?-
-Eso no importa ahora. ¿Cómo estás tú?-
-Aquí, extrañándote menos.-
Última parada. Miré alrededor y vi que todos iban en una dirección. Los seguí, mientras las ligeras gotas manchaban mis lentes casi nuevos. No me preocupó. Seguías caminando a mi lado silencioso, con la mano en los bolsillos. Tuve que evitar la tentación de calentar mis manos junto a las tuyas, así que apreté los puños en el interior de mi chaqueta de cuerina negra.
Bajamos por una ladera, mientras en dirección contraria subía una pareja oriental de recién casados con cara de querer meterse a alguno de los restaurantes y sentarse junto a una estufa. Detrás venía el fotógrafo, dando instrucciones a alguien mas arriba de quien no me percaté. Cuando pasaron y no podían verme, sonreí frente a la relativamente bizarra situación. Te miré. No sonreías conmigo. Mirabas al final de la playa algo que no alcanzaba a imaginar. Posé un pie tambaleante sobre la arena y una suave ráfaga de viento heló mi cara. Me acurruqué en el abrigo, y tu seguiste caminando impasible.
-¿Recuerdas aquel beso?- Te pregunté.
-¿Qué beso?-
-El que mandó todo a la mierda-
-Ah si, ese beso... si, lo recuerdo- una sombra recorrió imperceptible nuestros rostros, mas ligera que otras veces.
-Pues, es el mejor beso de mi vida.-
No te vi, pero sentí que sonreías, pero no se si por el recuerdo o por el guapo chico que pasó corriendo junto a nosotros. Nunca lo supe en realidad, ni siquiera cuando cantábamos a altas horas de la madrugada al otro lado del mundo, en un parque desierto y ligeramente iluminado por faroles parpadeantes y una luna menguante. Miré en tus ojos y vi un par de estrellas, esas que señalaste en una de las caminatas nocturnas, pero que desaparecieron con un ligero parpadeo. Giraste, hacia donde había un par de pescadores en un muelle, y aceleraste el paso. Volvió a subir el viento, y tuve que cubrir mi cara con una mano para protegerme del súbito frío. Te alcancé, estabas junto a una barandilla de metal, con una mano apoyada en ella, mirando al horizonte como el mar picado se revolvía. No me contuve y acerqué mi mano a la tuya en la baranda. En cuanto la apoyé hice una mueca y la retiré avergonzado. Tu frialdad dolía como nunca antes. El pendiente se agitó con el súbito movimiento y giraste a verme. Sonreíste tímidamente y pasaste a mi lado, alejándote un poco más de mi. Caminamos, separados algo más que un metro, apenas murmurando palabras de súbita despedida.
-Entonces, esto es todo. Hasta aquí llegamos- Te comenté con un dejo de pregunta. Asentiste con la cabeza.-¿Y no hay nada más que hablar?- La moviste a ambos lados. -Que bien. Menos mal.- Respondí a tu sonrisa apenas perceptible y caminamos sin hablar hasta llegar a una pequeña plaza, llena de bancas mirando al mar, con algunas palmeras y una estatua maravillosa, como todas las que encuentras por aquí. Nos sentamos, separados por un fierro, en una de las bancas, aún algo húmedas por la suave lluvia de hace un rato. A nuestras espaldas, el Montjuic se ilumina desde atrás por un sol anaranjado que se cuela entre las nubes, y las gaviotas cantan poco armónicas sobre un par de botes.
Así nos quedamos un par de minutos, mirando en silencio al mar rebotar sobre la arena, hasta que con un suspiro lejano acerqué mis manos al cuello y desaté el pendiente que hace algunos meses cuelga, desde aquella vez que me acompañaste a una feria artesanal y conseguimos unas runas gemelas. Desde entonces caminamos juntos, aún lejos, y tu recuerdo sigue presente incluso luego de ese terrible día en que nos compramos pasajes a la mierda. Sostuve el pendiente en mi mano un momento, mirándolo con solo un poco de amargura, y lo até al fierro de la banca que nos separaba. Tu solo mirabas, sin moverte, como realizaba la simbólica acción. Lo miré oscilar un momento, me subí el cierre de la chaqueta, y me levanté. Sin vacilar comencé a caminar hacia el centro de la ciudad. Cuando ya había recorrido unos metros, volví a mirar atrás. El viento hacía moverse el pendiente que adornaba la banca ligeramente hacia adelante y hacia atrás. Tu, aún sentado en la banca, te despediste con un movimiento similar de tu mano. Miré al suelo sonriendo levemente, casi como un reflejo doloroso, y volví a subirla rápidamente. Ya no estabas. Me di la vuelta y seguí caminando a paso rápido. Sonreí como antes, con ganas, como aquellos días en que aún eramos amigos, y que siempre recordaré con cariño. Pero hoy, por fin, podía seguir viviendo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

El girasol que adorna mis manos

Girasol

Pasé por un puesto de flores al volver del trabajo. Inmediatamente llamó mi atención aquel girasol entre la muchedumbre de amarillo. Me miraba, me sonreía, me llamaba. Me recordó un poco a ti la primera vez que te vi, cuando venías cruzando la calle en hora peak con el bolso rebotando suavemente contra tu cadera. Esa sonrisa que me diste al reconocerme de las fotos que nos enviamos... me miraba, me llamaba, me alegraba. Le sonreí de vuelta y me acerqué al puesto atendido por una risueña señora.

Después de pagar, envolví la flor con una cinta que me alcanzó Berta (quien me vendió) y me alejé hacia el metro. Pude sentir como a cada paso que daba la sonrisa desaparecía paulatinamente de su cara. Aquella flor sin duda era especial, como tu, al acercarte suavemente tras mirarme a los ojos por un instante, y me tomaste el pecho por detrás para acercar tu boca a mi mejilla acalorada. Me estremecí sin vergüenza y tu risita dejó en claro que en ese momento no te molestaba. Incluso la mirada picarona que me lanzaste después demostró incluso que buscabas ese efecto.

No pude sino sonreír, taparme la cara con una mano y soltar palabras avergonzadas para ti, y en eso pensaba cuando me dirigía en el metro, mirando los pétalos dorados y el centro aterciopelado. Recordé nuestro segundo encuentro, hacía un par de días atrás, cuando me tomaste la mano en el cine al asustarte con una tonta película de "miedo". Aún pienso que era una excusa para no soltarme el resto de la función, y acariciar mis dedos en un microabrazo. Ahora siento el cosquilleo de tus labios al besarme entre los créditos y las luces, y el ligero sabor a almíbar que dejaste después. Su rastro aún lo tengo, fresco, puro, cálido. Con esa sensación floto fuera del vagón y asciendo las escaleras sobre una ráfaga de emoción. no sabes que voy, sin embargo se que estás allí, en el parque, como siempre (según me contaste) almorzando fruta y agua.

Al cruzar la calle te vi: estabas sentado en una banca protegiéndote del sol con el follaje de un cansado árbol. Sonreí, no me veías aún. Levanté la mano, e iba a gritar tu nombre cuando alguien se me adelantó a mis espaldas. Tu te diste vuelta y nos miraste, confundido. Entonces reconociste quién te había llamado, y le respondiste con esa misma sonrisa cínica que me lanzaste tres días atrás, cuando nos conocimos. Él corrió hacia ti, y te abrazó. Me miraste la cara con miedo, luego la flor y me miraste con pena. Con dos pequeños movimientos laterales de tu cabeza me diste a entender que nuestra breve historia de amor había acabado. Me di media vuelta y me fui.

Ahora, mientras fumo un cigarro al otro lado del parque, miro al girasol expectante que adorna mis manos, mientras sus pétalos laten al son de la suave brisa de primavera. ¿Que haré con él ahora?

jueves, 24 de noviembre de 2011

Quizás

Quizás

Subieron los rápidos a nado
creyeron vencer la tempestad
cortaron ramas en pos de salvación.
Quizás quieran olvidar.
Treparon los bosques entre serpientes y lianas
serpentearon las sombras eternas del follaje
mantuvieron sus temples de acero al caer.
Quizás quieran escapar.
¿Saltaron finalmente? No.
Cautivos por su semihumanidad
separados por plexiglass
Quizás quieran privacidad.
Atacaron sus garras y colmillos
a aquel que osase acercarse
aunque cariños solitarios entregue.
Quizás no los entendemos
No son mascotas
No son personas
No son nuestros.
Quizás todos lo somos de Dios.
Quizás no nos merecemos este lugar
dispuesto monárquico en la cadena alimenticia.
Quizás somos ratas de laboratorio
y las hormigas nuestros amos y científicos.
¿Cuando decidirán terminar con nosotros?

domingo, 20 de noviembre de 2011

Recuerdos

Tengo una memoria frágil. La penas y amores que llegan y vienen raptan de mi cabeza pequeños trozos de puente, que poco a poco se desmoronan en pilas de escombros, dejando valles aislados e islas apenas visibles. A veces me siento en la entrada del agujero que hizo mi vecino el conejo para entrar y salir de esta Narnia mental, a observar como las tormentas se llevan los ladrillos uno a uno. Me siento y miro, cómo dejo de acordarme de personas, lugares y situaciones, opacadas por cariños no entregados y basiliscos enamorados, que con su mirada han petrificado mis manos, antes deseosas de entregar. Ahora la cinta de tul que rodeaba una esperanza está a mi lado a la espera que esa persona venga a tomarla, y me la regale. Pero antes de esta catatonia pintaba los paisajes.

En el silencio de mi cama, mirando las estrellas que se forman en el aire al apagar la luz, recuerdo esa primera visita a la colina en medio de la selva de cemento como la expedición de dos intrépidos colonos españoles, que armados de sus manos desnudas y una cámara se dedicaron a retratar para la reina las bellezas de una ciudad gris que brillará en el futuro.

O aquellas serenatas que dedicamos en nuestras pieles de mariachi a los árboles de un parque hostil en las penumbras del atardecer, dejando estelas de flores que nacían de tus dedos al rasgar las cuerdas. Aquella noche nos dimos un festín con las naranjas que nos entregaron los plátanos orientales de sus cestas, que quizás fuese por sus ojos rasgados y ademanes corteses, pero se mantenían quietas en medio del vendaval, como si los movimientos de los forrajes fueran en contra del viento. ¿Recuerdas la alergia del otro día? Las naranjas, extrañamente secas, sabían un poco a polen, según tú, que tantas flores has comido en tus paseos nocturnos.

Enfrenté un dragón una vez, que me abrazó con sus escamas púrpuras y penetró mi piel envenenándome. Lloré  tanto que nos salvamos de morir quemados por el incendio que provocaste sin querer en mi pecho. Me cuidaste y consolaste, y te encargaste de limar las escamas que me empezaron a salir bajo los omóplatos. Insisto, son alas, pero si me llevan lejos de ti mejor no dejarlas crecer.

¿Cómo olvidar cuando en rollers salimos a alimentar obesos vestidos de seda, por unos pesos miserables? Aún me cuesta evitar dar un giro al cruzar la calle, o detenerme frente al aula cuando voy a clases. Estas ruedas deberían poder frenarse.

Y ahora espero amigo mio una respuesta de tus manos, mientras un pingüino compasivo se posa en mis rodillas heladas. No son pelusas. No son pétalos blancos. Es nieve real la que cae, fuera de metáforas, entre mi ventana y la tuya.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Revolución


Revolución

No vengo a hablar de flores y soles.
Tampoco a alabar al amor o sus amores.
Soledad y Tristeza se juntan en mi pluma
mas vislumbran el pasado, no este presente.
No clamaré mis deseos ni angustias,
Me negaré a las odas de lagrimales.
Y casi sale de mi mano poesía barata,
Como aquella tan lamentablemente difundida.
¿Entiendes lo difícil que es escribir estas lineas?
Niégate al espejo y estarás perdido.
Un esclavo del reloj me he convertido.
Amarrado a los minutos,
marchando en los segundos
sin descanso ni en los cuartos,
con la vista en las manillas.
Y el sonido:
"Tic-Tac-Tic-tac" Rápido, rápido "Tic-Tac-Tic-Tac"
¡Otra vez!
Casi vuelvo a caer a la lluvia y sus lamentos:
palabras que seducen en su metalingua.
¡Oh! Tontas alabanzas a los hombres.
¡Oh! Huecas palabras sin vida
Maquilladas con sentimientos infértiles.
Poesía sin sentido, como la que hago ahora.
Maldita agonía literaria.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Haiku: nieve

Los álamos estornudaron
cayo nieve de sus copas.
Que seco de tornó nuestro amor.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Arrullos de medianoche

Se sentó en la cama de su amado y lo miró tiernamente. Eran casi las doce y la luna era una fina línea plateada sobre la nebulosa eternidad del cielo, apenas iluminando el lecho percudido de aquel meditabundo enfermo. Deseaba viajar, tomar ese anzuelo que se sostenía del firmamento y que lo llevara a recorrer los siete mares de los piratas, las grandes construcciones de Babilonia y tomar el café en una plaza de París. Siempre que la luna estaba por desaparecer tras su capa de viaje soñaba con eso, pero nada podía hacer si las cadenas de lino lo ataban a aquella estructura 30 centímetros sobre el piso. Pero aquella noche no era como cualquiera. De pronto, sintió un ímpetu como nunca antes, y se irguió rápidamente. Su amada, sentada a su lado, dejó caer el cuenco con agua y paños, y tras darse cuenta de lo que estaba sucediendo, sonrió con ternura y se apoyó a su lado. Pasó sus manos por la cintura disminuida y tomó las manos alicaidas, fundiendo los dedos en una franja de oro matrimonial. Sonó entonces la primera campanada del reloj de pie frente a la cama, entre la lámpara y el ropero. El sonido salió en ondas de luces que sacudieron el polvo del techo e hicieron temblar los cuadros esparcidos al azar por el cuarto. Con la segunda campanada, esta vez más fuerte, las ondas de choque lograron resquebrajar las murallas y abrir puertas y ventanas en un vendaval. Pero fue la tercera la que logró desplomar la casa patrimonial, haciéndola explotar cientos de metros a la redonda, formando una confusa nube de polvo y astillas. Cuando todo se hubo asentado, los amantes siguieron tomados de las manos, silenciosa una, jadeante el otro. La cuarta campanada vino como un violín melancólico en forma de manos, que tomando los almohadones desperdigados, formó un par de alas. La quinta cosió aquellas a los bordes del colchón, pero hizo falta una sexta y séptima para darles la fuerza e ingravidez necesaria para elevarlos a la tibieza de aquella noche de verano. La octava retumbó fuerte y decidida, iluminando la luna, llenándola en fulgor, y haciéndola bajar al lado de aquellos sonrientes y expectantes: una suavemente apoyada con los ojos cerrados en la espalda de aquel hombre que miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos, maravillado. La luna entonces extendió su manto y los llevó a recorrer su pueblo, donde se conocieron tiempo atrás. Quedó en el pasado la iglesia donde se casaron, donde nacieron sus hijos y en donde vivían plácidamente en aquellos momentos, arrullando sus propios hijos en un ciclo vital eterno. Más adelante pudieron ver las playas en las que tantas veces se bañaron, jugaron, tomaron sol e hicieron el amor. Los mares que observaron desde los roqueríos y el horizonte que nunca alcanzaron. Entonces ocurrió el mismísimo milagro, y el horizonte se les aproximó. Les mostró los jardines de babilonia, con sus hadas colgantes en cántaros de miel. Las rosas cantoras que de vez en cuando lloraban sangre, y los campos de tulipanes danzarines. Pasaron por la Torre Eiffel, y el aroma del café parisino les bastó para saborearlos sobre las sábanas. La novena campanada entonces les llegó de súbito. Era un canto de oro, una llamada a la paz. Volvieron guiados por el camino de plata y negrura que combinaban la luna y el horizonte, y en aquel viaje compartieron el beso más apasionado que podrían esperar. "Solo quedan tres" susurró ella. "Pero hemos vivido miles, mi amor" le respondió él. La décima llegó al posar las barras de metal el piso, y la onceava funcionó como el director de orquesta que rearmó los pedazos rotos del hogar. Cada mota de polvo y pelusa escondida volvieron a su lugar. Llegó la última campanada con una invitada. Una señora de largas uñas y pelo oscuro con el rostro tapado bajo el velo. "Por fin llegaste, desgraciada... mi querida amiga" le dijo el anciano, a lo que su esposa respondió, aún con los ojos cerrados, apretando el pecho casi vacío de aquel. Bastó que la lágrima que caía por su mejilla tocara el pijama de seda para que se desplomara, y los ojos bien abiertos dejaran de mirar maravillados. Ella sonrió. Había sido un largo viaje, y una lágrima había sido suficiente para despedirse. Se incorporó, dejó el cuerpo inerte suave y tiernamente sobre el catre, y salió de la habitación sin mirar atrás.