Hace frío y no quiero salir, pero el peso del pendiente que llevo en el cuello me hace recordar que quedé en juntarme con alguien. Acariciando suavemente el símbolo rúnico mientras bajo el ascensor, y mientras subo al tren subterráneo. Echo una mirada fugaz al mapa al lado de una puerta, y decido bajarme en la siguiente estación para tomar el Tram, ese pintoresco tren eléctrico que recorre algunas calles de Barcelona al nivel de la calle. Ahí veo como una suave lluvia de febrero comienza a mojar los cristales, y empiezo a dudar si realmente será necesario hacer lo que pensaba hacer. Miré al frente y allí estabas, con tus anteojos de montura azul, una chaqueta hasta el cuello y una sonrisa amable.
-Tanto tiempo sin vernos- me dijiste.
-Tanto tiempo... ¿Cómo estás?-
-Eso no importa ahora. ¿Cómo estás tú?-
-Aquí, extrañándote menos.-
Última parada. Miré alrededor y vi que todos iban en una dirección. Los seguí, mientras las ligeras gotas manchaban mis lentes casi nuevos. No me preocupó. Seguías caminando a mi lado silencioso, con la mano en los bolsillos. Tuve que evitar la tentación de calentar mis manos junto a las tuyas, así que apreté los puños en el interior de mi chaqueta de cuerina negra.
Bajamos por una ladera, mientras en dirección contraria subía una pareja oriental de recién casados con cara de querer meterse a alguno de los restaurantes y sentarse junto a una estufa. Detrás venía el fotógrafo, dando instrucciones a alguien mas arriba de quien no me percaté. Cuando pasaron y no podían verme, sonreí frente a la relativamente bizarra situación. Te miré. No sonreías conmigo. Mirabas al final de la playa algo que no alcanzaba a imaginar. Posé un pie tambaleante sobre la arena y una suave ráfaga de viento heló mi cara. Me acurruqué en el abrigo, y tu seguiste caminando impasible.
-¿Recuerdas aquel beso?- Te pregunté.
-¿Qué beso?-
-El que mandó todo a la mierda-
-Ah si, ese beso... si, lo recuerdo- una sombra recorrió imperceptible nuestros rostros, mas ligera que otras veces.
-Pues, es el mejor beso de mi vida.-
No te vi, pero sentí que sonreías, pero no se si por el recuerdo o por el guapo chico que pasó corriendo junto a nosotros. Nunca lo supe en realidad, ni siquiera cuando cantábamos a altas horas de la madrugada al otro lado del mundo, en un parque desierto y ligeramente iluminado por faroles parpadeantes y una luna menguante. Miré en tus ojos y vi un par de estrellas, esas que señalaste en una de las caminatas nocturnas, pero que desaparecieron con un ligero parpadeo. Giraste, hacia donde había un par de pescadores en un muelle, y aceleraste el paso. Volvió a subir el viento, y tuve que cubrir mi cara con una mano para protegerme del súbito frío. Te alcancé, estabas junto a una barandilla de metal, con una mano apoyada en ella, mirando al horizonte como el mar picado se revolvía. No me contuve y acerqué mi mano a la tuya en la baranda. En cuanto la apoyé hice una mueca y la retiré avergonzado. Tu frialdad dolía como nunca antes. El pendiente se agitó con el súbito movimiento y giraste a verme. Sonreíste tímidamente y pasaste a mi lado, alejándote un poco más de mi. Caminamos, separados algo más que un metro, apenas murmurando palabras de súbita despedida.
-Entonces, esto es todo. Hasta aquí llegamos- Te comenté con un dejo de pregunta. Asentiste con la cabeza.-¿Y no hay nada más que hablar?- La moviste a ambos lados. -Que bien. Menos mal.- Respondí a tu sonrisa apenas perceptible y caminamos sin hablar hasta llegar a una pequeña plaza, llena de bancas mirando al mar, con algunas palmeras y una estatua maravillosa, como todas las que encuentras por aquí. Nos sentamos, separados por un fierro, en una de las bancas, aún algo húmedas por la suave lluvia de hace un rato. A nuestras espaldas, el Montjuic se ilumina desde atrás por un sol anaranjado que se cuela entre las nubes, y las gaviotas cantan poco armónicas sobre un par de botes.
Así nos quedamos un par de minutos, mirando en silencio al mar rebotar sobre la arena, hasta que con un suspiro lejano acerqué mis manos al cuello y desaté el pendiente que hace algunos meses cuelga, desde aquella vez que me acompañaste a una feria artesanal y conseguimos unas runas gemelas. Desde entonces caminamos juntos, aún lejos, y tu recuerdo sigue presente incluso luego de ese terrible día en que nos compramos pasajes a la mierda. Sostuve el pendiente en mi mano un momento, mirándolo con solo un poco de amargura, y lo até al fierro de la banca que nos separaba. Tu solo mirabas, sin moverte, como realizaba la simbólica acción. Lo miré oscilar un momento, me subí el cierre de la chaqueta, y me levanté. Sin vacilar comencé a caminar hacia el centro de la ciudad. Cuando ya había recorrido unos metros, volví a mirar atrás. El viento hacía moverse el pendiente que adornaba la banca ligeramente hacia adelante y hacia atrás. Tu, aún sentado en la banca, te despediste con un movimiento similar de tu mano. Miré al suelo sonriendo levemente, casi como un reflejo doloroso, y volví a subirla rápidamente. Ya no estabas. Me di la vuelta y seguí caminando a paso rápido. Sonreí como antes, con ganas, como aquellos días en que aún eramos amigos, y que siempre recordaré con cariño. Pero hoy, por fin, podía seguir viviendo.
Hola, bello relato. Un gusto leerlo. Besos, cuidate.
ResponderSuprimir